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ALEJANDRA BOERO



Fue precursora del teatro independiente

Después de complicadas dolencias físicas, a los 88 años, falleció la creadora de salas, directora, docente, actriz y luchadora

"Mi preocupación principal es la cultura. Justamente mi conexión con el teatro se da a partir de mi interés por la cultura, a la que considero la columna vertebral de un país."

Este fue siempre el pensamiento y el sentimiento de Alejandra Boero, pionera y adalid del teatro independiente argentino, luchadora incansable de los derechos de los creadores que pugnaron por defender la libertad del arte y de los artistas. Y fue esta ideología la que marcó su trabajo profesional de más de 60 años en la actuación, la dirección y la docencia.

Nunca bajó los brazos y cada año que cumplía parecía cargar sobre sus hombros sempiternos bríos juveniles para encarar nuevos proyectos. Con una salud que le jugó en varias oportunidades malas jugadas, supo evadir a la muerte y sobrevivir impulsada por esa dinámica de nunca darse por vencida, de nunca bajar los brazos. Era tan fuerte, dio tantas batallas, que esa lucha permanente era su compañía diaria. Sin embargo, la resistencia cultural que propiciaba no la alejaba del trabajo, la creación, la discusión.

Maestra de cientos de actores, Boero siempre tuvo a flor de piel esa iniciativa que le permitió abrir varias salas de teatro independiente hasta recalar en la última, Andamio 90, a la que convirtió en un centro cultural y docente. “No me bajé del caballo ni un solo día”, dijo en su última entrevista a LA NACION, donde se manifestó preocupada por el destino del país, por la actividad teatral y por los jóvenes. “Si después de tantos años sigo durando es porque los jóvenes me dan vida”, af

Los primeros pasos

Comenzó su actividad en el teatro La Máscara, en 1942, donde debutó en la pieza “En algún lugar”, dirigida por Ricardo Passano. En 1950 fundó, junto a Pedro Asquini, Nuevo Teatro, una institución teatral y cultural que marcó pautas renovadoras en el planteo ético y estético del teatro; construyó dos salas teatrales más: Planeta y Lorange. Luego intervino como actriz y directora en más de 60 puestas en escena.

Cada una de las obras que elegía guardaba relación con la época y los acontecimientos sociales en los que le tocó vivir. Le gustaban los clásicos, pero esta preferencia no le impedía pergeñar lo que ella llamaba “una astracanada”. “Una cosa muy loca, graciosa, libre, donde nos damos el gusto tanto los directores como los actores. Algo humorístico, que nos pinta en el caos en que vivimos.”

En 1992, con motivo de celebrar sus bodas de oro con el teatro, Boero declaró: “Tengo muchos sueños que cumplir antes de irme de este problemático mundo. No sueño con obras o personajes, sino con proyectos. Uno de ellos es formar un elenco casi estable, para dar lugar a una camada de actores jóvenes talentosos que no encuentran el espacio para desarrollarse. Quiero encender una llama para alentar a otra gente. Hace falta tener fe y hombros para soportar el peso de cada sueño”.

Y pudo cumplir con la mayoría de esos sueños, aunque la realidad económica, política y social la hacía trastabillar en ese intento. Pero, luego de gestiones con los funcionarios del área, su elocuencia y convicción obtenían de ellos buenos resultados.

La asignatura pendiente siempre fue la cultura como patrimonio de un país. “La educación y la cultura es lo único que hace a la identidad de un país, y acá va a ser muy difícil vivir. Se necesita una verdadera política cultural de Estado.”

Necesidad que nunca interesó a los gobernantes de turno. Ante cada cambio de gobierno, Alejandra Boero levantaba nuevamente las banderas de la cultura y enfrentaba desde un pacifismo ideológico a los funcionarios de turno. “Me halagan, me felicitan y cuando salgo de sus despachos se olvidaban de lo que habían prometido”, señaló en más de una ocasión.

Pero, por el contrario, la indiferencia de la burocracia la estimulaba para buscar nuevas formas para colocar su reclamo en primera fila.

“Debo reconocer que no me siento frustrada. Cada etapa de mi vida la viví como hay que vivirla. En cada una de ellas tuve realizaciones, encuentros y desencuentros. Miro para atrás y veo que hicimos muchas salas. No las hice sola, nadie puede hacer las cosas solo. Eramos un equipo, teníamos una fuerte capacidad creativa, ilusiones, idealismo. No soy pesimista, creo que las cosas se pueden rescatar, pero todos juntos, poniendo hombro con hombro. Debemos volver a darles prensa a los buenos sentimientos de la gente.”


En estas palabras se encuentra la bisagra que propulsó su condición de teatrista a un estadio superior, al de una representativa figura de la cultura, donde los elegidos tienen reservado un lugar fundamental en el desarrollo de los pueblos.

“Hay que tener confianza en el hombre para que se pueda desarrollar en lo que sea –dijo en una oportunidad–. Ante todo, hay que darle la libertad para que realice aquello que quiere, no aquello a lo que se siente obligado porque le da de comer. Cuando el hombre es él mismo, es mejor persona. Y es lo suficientemente generoso para reconocer a otras buenas personas y les va a dar crédito para que crezcan. Siempre tuve fe en que podía construir una vida mejor. La vida mejor consiste en ser fiel a uno mismo, no engañarse, no mentir y no disfrazarse de nada.”

Es mucho lo que hay para decir de esta gran mujer, pero no alcanzarían las palabras, ni el espacio, para registrar la actividad teatral de su vida.

En los últimos años, la enfermedad la venía acechando, pero ella la enfrentaba con valentía. Aun en este momento, en la hora de su muerte, se puede decir que Alejandra seguirá viviendo porque ya quedó inscripta con moldes grandes en la historia del teatro argentino. Por todo lo que fue y lo que hizo, así será recordada Alejandra Boero.

Por Susana Freire De la Redacción de LA NACION

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RECUERDOS


Luciano Suardi

“Llegué a los 19 años de Rosario y entré en su escuela, y a partir de ahí tuvimos un vínculo afectivo y profesional que duró hasta ahora. Fue mi maestra, mi directora, mi madre artística. Todos mis recuerdos con ella son felices porque ella me enseñó a ser, y a hacer, feliz haciendo teatro. Tenía la profunda convicción de que con nuestro trabajo se podía tocar el sentimiento de la gente y modificar las conciencias. Este legado suyo es clarísimo.”

Kive Staiff

“Alejandra trabajó constantemente con el San Martín. Recuerdo la puesta innovadora que hicimos en la década del 70 con “Escenas de la calle”, de Elmer Rice. Otra puesta memorable fue “La casa de Bernarda Alba”, que protagonizaba María Rosa Gallo, obra con la que viajamos muchísimo. Además, no puedo no recordarla como una compañera extraordinaria, muy generosa y de una gran ayuda para mi trabajo. Creo de verdad que ella era nuestra pasionaria, la mujer que concebía las utopías, pero como algo alcanzable.”

Carlos Gorostiza

“Fuimos compañeros desde los años 40 en La Máscara. Desde ahí en más nuestros caminos fueron paralelos. Ultimamente estábamos juntos en empresas políticas de teatro, como el MATE. En la pared de mi estudio tengo una foto enmarcada junto a ella y a Ricardo Trigo en un ensayo de “El momento de tu vida”, de William Saroyan; teníamos 23 años. Sé que ella tenía la misma foto en el living de su casa.”

Alfredo Alcón

“Nunca trabajé con ella, pero sí estrenamos Andamio ´90 con “Final de partida”, de Beckett. De todas maneras, sé que es imposible hablar del teatro argentino del siglo XX sin mencionarla, pues era uno de sus pilares más fuertes, por tozudez, por capacidad de trabajo.”

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 ANDAMIO90, Sede Paraná (Inscripciones): Paraná 662 piso 1, CABA - (011) 4374-1484/4372-8386
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